Santorín

La isla de Santorín, ubicada en el Mediterráneo oriental, al sur de Grecia, parece haber jugado un papel tremendamente importante en la historia europea. Por un lado, parece ser el candidato más probable para ser la Atlántida. Las investigaciones arqueológicas han encontrado testimonios de una civilización bastante avanzada para la época. Posteriormente el relato fue adquiriendo proporciones míticas, totalmente irreales. Para nuestros estándares, esa tecnología es pavorosamente primitiva, sin embargo, no lo era en aquella época para sus vecinos.

La isla de Santorín era el pico de un volcán que asomaba por encima de las aguas. Un buen día explotó con una fuerza varias veces mayor que la isla de Krakatoa, generando el mito del hundimiento de la Atlántida.

Hace unos 20 años leí un artículo sobre otro suceso en el cual parece estar involucrada la explosión de Santorín, la huída de los hebreos de Egipto. Cronológicamente, ambos hechos serían contemporáneos y hubiera sido imposible que una explosión de tal magnitud no hubiera sido registrada en la historia de todas las regiones vecinas. Egipto era, en aquel entonces, la más destacada, y las siete plagas de Egipto parecen corresponderse muy bien con los efectos que se habrían observado en tal suceso.

Un volcán no explota de buenas a primeras sino que incrementando su actividad a lo largo de varias semanas. En una explosión de tal magnitud, aún estos preludios son de una magnitud destacable. Se hizo noche en pleno día, por la cantidad de ceniza flotando que oscurecía el sol. Las aguas se tiñeron de sangre o, más apropiadamente, se colorearon de óxidos y sales por todos los productos expelidos por la explosión. Las alimañas invadieron la tierra, al ser imposible su vida en semejante sopa química. El ganado murió, como ocurrió hace un par de años en la Patagonia, al ser asfixiados por la omnipresente ceniza. La gente comenzó a tener pústulas y tumores y toda una variedad de enfermedades de la piel.

Por último, cayo granizo y fuego, lo cual sería el producto de la explosión en si. (El granizo no habría sido tal sino nódulos de ceniza o piedra pómez).

Los eruditos bíblicos llevan siglos estudiando mapas para trazar el recorrido del éxodo. Uno de los recorridos ubica a los hebreos cruzando no el Mar Rojo sino un pantano cercano a la costa del Mediterráneo cuyo nombre podría haberse confundido con el de aquel. Siendo así, Moisés no habría abierto las aguas sino que simplemente podrían haber vadeado el pantano. Las aguas que luego se cerraron sobre las tropas del faraón bien podrían ser el maremoto que siguió a la explosión de Santorín y que inundó el pantano por donde los hebreos habrían huido.

Munido de esta información fui muy contento a contárselo a un compañero de facultad, católico practicante y muy fervoroso, creyendo tener datos para disputar su versión bíblica de esos hechos. Después de escuchar atentamente mis explicaciones, exclamó fascinado la admiración que sentía por Dios, que se las hubiera ingeniado tan inteligentemente para desencadenar todos esos sucesos con la erupción de un volcán, tan perfectamente sincronizada con el enfrentamiento entre Moisés y el faraón.

Siempre recuerdo su respuesta cuando me encuentro con la falsa antinomia de ciencia vs. fe. Si la fe de un creyente ha de depender de los detalles que cuenta tal o cual relato, ¡qué pobre ha de ser! ¿Por qué no podría haber un dios que hubiera desencadenado el mecanismo de la evolución de las especies? Las ideas de Darwin no niegan la existencia de un dios, simplemente contradicen relatos considerados sagrados, que ni siquiera coinciden entre si en las varias religiones del mundo. ¿Por qué un dios debe manifestar su presencia mágicamente? ¿Por qué Copérnico debiera haber sido considerado un hereje? Si es la Tierra la que gira alrededor del Sol, quizás así lo hizo el Creador para moderar nuestra soberbia. ¿Quiénes somos nosotros para pretender que un dios nos entretenga con actos de magia cuando tenemos tantas maravillas a nuestro alrededor esperando para que las descubramos y, si así se quiere, admiremos cada detalle del ingenio divino?