Cuando perdimos el horizonte

Para una buena parte de la Europa católica, el 12 de octubre de 1582 no ocurrió nada. No es tan solo que no hubiera ocurrido nada trascendente o mínimamente memorable siquiera, sino que ese día, por disposición del Papa Gregorio XIII, no existió. Esto no fue consecuencia de un capricho papal o un acto de protesta por la pérdida de las culturas indígenas en el nuevo continente, sino consecuencia del desfasaje que se venía produciendo entre el calendario Juliano, entonces vigente y la realidad de las estaciones y demás eventos celestes. Según la disposición papal, al 4 de octubre le sucedió el 15. Algunos países prefirieron seguir negando que un Papa podía tener alguna buena idea, al menos de vez en cuando. Pasaron algunos siglos hasta que el nuevo calendario se adoptó universalmente, la Unión Soviética no lo hizo sino hasta este siglo cuando, curiosamente, se había convertido en un estado ateo.

En esa época no se tenían muy en claro las leyes del movimiento planetario. Galileo cumplía 18 años y todavía no sabía lo que era un telescopio ni había dejado caer nada de la torre de Pisa (en realidad, no se sabe que alguna vez lo haya hecho) y Kepler cumplía 11 años.

Julio César ya había implantado el año bisiesto. Hasta entonces, el calendario tenía 355 días y cada cuatro años se agregaba un mes completo para salvar el desajuste. El sumo sacerdote era quien determinaba cuándo ocurría esto y lo anunciaba en la luna llena o calenda, de ahí la palabra calendario. Algunas generaciones de negligencia habían hecho que en época del César, hubiera un par de meses de error, de ahí el establecer su calendario para que el orden civil pudiera mantener el calendario independientemente de los caprichos sacerdotales.

En definitiva, cada quien manejaba el tiempo como más le venía en gana. Durante siglos, en los navíos de Su Majestad Británica, el día comenzaba al mediodía, y el mediodía era cuando el Capitán así lo disponía. Esta disposición no era resultado de un antojo sino que las naves, al ir cruzando sucesivos husos horarios, acortaban o alargaban sus días según fueran al este o al oeste, respectivamente. A falta de buenos cronómetros, dependían de las observaciones solares (que no podían hacerse a medianoche), así que el día comenzaba cuando el oficial de navegación hacía la observación (junto con los grumetes, ahora llamados guardiamarinas) y el Capitán la aprobaba. Sólo entonces se daban las campanadas correspondientes, se hacía cargo la primera guardia del 'nuevo día' y se asentaba en la bitácora. El sólo pensar que un simple fenómeno celeste podría mandar por sobre el Capitán habría sido peor que una herejía.

La determinación del tiempo no era privativa de los señores de los mares. Pocas aldeas contaban con métodos precisos de medición del tiempo, ni hablar de relojes en las torres de sus iglesias o municipios sino tan siquiera con modestos calendarios para saber la fecha en que estaban. Siglos antes de que Europa fuera cubierta de iglesias, monasterios y capillas y que se celebraran misas todos los domingos, en muchos lugares el tiempo se medía en 'lunas' dentro de cada estación. Así pues, los festivales, las cosechas, los días de mercado ocurrían en la 'segunda luna llena de la primavera', por decir un ejemplo. La Pascua aún se calcula como el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera (otoño en nuestro hemisferio).

Las lunas llenas eran días particularmente propicios para todo tipo de festividades. Hacer una fiesta en la luna llena permitía disponer de buena luz para viajar y acampar seguro en tierras desconocidas; hacer el festival cuando había luz suficiente para extenderlo hasta el oscurecer y aún tener suficiente tiempo para emprender la vuelta a casa con buena luz. Este simple hecho práctico se ha mistificado hasta límites insólitos en nuestros días donde la iluminación artificial nos ha hecho perder la noción de lo importante que era la luz de la luna en cualquier travesía fuera de los terrenos familiares.

Nuestra preocupación no sólo con el calendario sino con la hora es relativamente reciente. Hace tan sólo 200 años la consabida puntualidad inglesa no existía. No había servicios regulares de diligencias o de correos, el ferrocarril no existía. Los barcos partían con la marea, cuando completaban su carga o reabastecimiento, sin fecha prefijada.

La existencia de enormes estructuras prehistóricas como Stonehenge, destinadas a medir el transcurso del tiempo nos hace pensar que en algún momento, previo a todo este descalabro de calendarios, el hombre primitivo tenía una idea bastante precisa del tiempo. De hecho, se encuentran ruedas estelares u otros ingenios astronómicos en absolutamente todo el mundo. Si sólo conocemos las mayores es debido a que las más pequeñas han desaparecido; el sitio apropiado para una rueda estelar es un lugar elevado, con buena vista del horizonte, un lugar muy expuesto a vientos y erosión.

La aparición del sol y las estrellas por sobre el horizonte no podía dejar de llamar la atención a cualquier humano sedentario que, a diferencia de nosotros, tenía un horizonte a la vista. Su dependencia de las estaciones era vital. Las épocas de cosecha o recolección, las reuniones tribales, cuando las aldeas vecinas se reunían (habitualmente en luna llena) para 'renovar la sangre' casando a los jóvenes, eran todos sucesos que requerían una noción bastante precisa del tiempo.

El calendario azteca se cuenta entre los mejores que se conocen de la antigüedad. Con dieciocho meses de 20 días cada uno, más 5 días extras al fin del año, cubría 365 días. Estos últimos días eran de mala suerte. Algunos años, los sacerdotes declaraban un sexto día para salvar la diferencia. En una época en que la gente estaba acostumbrada a los caprichos de la naturaleza, que un año tuviera más días que otro no llamaba más la atención que el que un día lloviera y otro no.

Mientras que para nosotros es más importante la hora en que 'fichamos' en nuestros trabajos, el inicio de un programa de televisión que salir de vacaciones en enero o febrero, al hombre primitivo, dependía más de las lunas y las estaciones que de las horas dentro del día.

La construcción de monumentos coincidiendo con eventos astronómicos regulares era una consecuencia inevitable. Siendo que todo cacique, rey o emperador, inca o faraón pretextaba su descendencia de seres divinos que habitaban los cielos, era natural que ubicaran sus templos y demás símbolos de poder alineados con la aparición de los astros que decían representar. Alguien podrá protestar que la gente se tenía que avivar que tal o cual estrella iba a aparecer en tal o cual posición en la misma época del año, sin importar lo que el jerarca correspondiente hiciera o dejara que hacer, sin embargo, aún en nuestros días, nuestros gobernantes repiten las mismas historias con más frecuencia aún y siguen recibiendo aplausos como si fueran novedades y/o ellos hubieran tenido algo que ver con el suceso. Poco ha cambiado en política en los últimos milenios.

No debemos, pues, admirarnos de cuán bien ellos conocían el calendario y los eventos astronómicos que marcaban su transcurso sino de cómo hemos perdido el contacto con el horizonte, las estrellas y el sol.